“Bocinas” y comunicación “chatarra” -Guido Gómez Mazara-

Compartir en tus redes
Una de las tantas modalidades de reducir la comunicación a un infame instrumento informativo consiste en disolver su acento cuestionador para edificar una red de elogios, distorsiones y comentarios pautados por el pagador que pretenden estructurar corrientes de opinión a cualquier precio. Así andamos, convencidos que la posverdad representa un pasaporte donde la objetividad anda de vacaciones porque la reiteración del mensaje moldea los criterios del receptor. Y la verdad no cuenta!
En el país, la enfermiza vocación de edificar una “verdad oficial” ha ido seduciendo a franjas de la comunicación para que desde las redacciones, columnas, comentarios, editoriales, programas de radio y televisión se desarrolle una vulgar competencia hacia el melcochoso ditirambo que, casi siempre, tiene como destinatario al ministro, director general, dirigente político que cae en la trampa de presumir que los ciudadanos no poseen el nivel de inteligencia para darse cuenta cómo el dinero infla y dirige el “juicio” del comunicador.
Apelando al sentido descriptivo y esa inteligencia popular, la definición de bocinas lo que carga en su vientre es el reconocimiento de la conexión entre el dinero público y las voces que asumen defensas entendibles por el grado de rentabilidad. Y para ello, la condición periodística juega un papel de simulación perfecta capaz de relacionar el oficio formal con una red de ventajas transformadoras del rol. Por eso, la profesión juega un papel secundario que, en lo principal, hace al comunicador suplidor, contratista, cobrador e importador para que su éxito financiero resida en sus vínculos con el poder. De ahí su halago constante al gobierno porque su fuente de acumulación está relacionada con el presupuesto nacional.
Ejemplos sobran: todos los que amparados en dinero obtenido por vías indecentes pretenden construir un muro de protección desde los medios de comunicación terminan en procesos judiciales. Y más aún, ahora que las redes sociales juegan el papel de burlar la formalidad informativa. Acaso los banqueros y políticos se libraron de duras sentencias? Revisen los resultados.
Lo que hace “chatarra” e inservible el uso de estructuras mediáticas que alquilan sus voces y cobran sus escritos reside en que la efectividad del mensaje depende del mensajero. Además, se tiende a confundir difusión con credibilidad porque los medios de altísimo alcance y penetración no garantizan necesariamente niveles de confianza en la población. Aquella frase de que “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad” obedecía a modelos de sociedad cerrada, donde las avenidas de la comunicación se manipulaban por el escaso acceso del resto de los ciudadanos a la fuente informativa.
El mayor drama lo tienen los medios formales de comunicación debido a la enorme capacidad de penetración del dinero que, introducido en el corazón de su estructura informativa, transforma el sentido de su orientación, y si los ciudadanos lo perciben, inmediatamente el canal de televisión, la emisora radial o el periódico pierde la confianza, traduciéndose en desencanto del lector, reduce su influencia en la sociedad y derrumba sus niveles de circulación. Tanto el oficialismo como los políticos clásicos diseñan acciones para colocar sus correas de transmisión en las salas de redacción porque lo “efectivo y funcional” es mantenerlos allí para jugar al desbalance o endoso indirecto. Y los medios que procuran respeto deben cuidarse del militantismo y sus mañas.

Definitivamente, la de credibilidad de los medios está en franco proceso de deterioro en la medida que la toma de conciencia y madurez ciudadana saben interpretar los intereses que se esconde detrás de la noticia.
Pobres bocinas, su enriquecimiento empobrece un oficio digno de mejor suerte.

Facebook Comments Box
Compartir en tus redes

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.