Venezuela no está en su hora de prueba

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Por: Miguel Mejía

Nadie ha elegido a Juan Guaidò. No ha vencido, ni siquiera se ha presentado a elecciones. No lo ampara la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela para usurpar, por sí y ante sí, un cargo que solo es efectivo tras el triunfo de la voluntad popular en las urnas. Jamás en su vida de promotor de guarimbas y violencia vandálica ha soñado con recibir los casi siete millones de votos recibidos por el presidente Nicolás Maduro en las elecciones del 2018, monitoreadas y validadas por 2000 observadores internacionales.

Guaidò es, apenas, un engendro político logrado por el método yanqui de la inseminación artificial tras fecundar, con esa monstruosidad jurídica y moral, el reseco y estéril vientre de la contrarrevolución oligárquica y vendepatria de su país. El falso mandato de Juan Guaidò será más breve que aquel del 2002, tras el golpe de Estado que, por obra y gracia de la embajada norteamericana en Caracas, impuso a Carmona, el Breve, como presidente de opereta. Y, en efecto, tuvo un final express.

La carta que acaba de ser jugada en Venezuela por el imperialismo yanqui y las oligarquías fascistas y neoliberales de América Latina, podría denominarse como “el método sirio”. Primero, se trata de comprar o asustar a los gobiernos, generalmente de países que poseen abundantes recursos naturales que el imperio ambiciona, o que llevan adelante políticas en pro de la justicia, la libertad, la independencia y la soberanía nacional.

Lo segundo, es desatar contra los mismos todos los perros de su jauría mediática, y usar sin escrúpulos, todo el potencial de manipulaciones, mentiras y descrédito posible, engañando a parte de la opinión pública internacional, y aislando de la imprescindible solidaridad a las víctimas.

En este paso se lanza al ruedo toda la caterva de falsas ONGs, autoridades académicas, científicas y culturales prefabricadas, que “validan” la necesidad de un “cambio de régimen.”

Organización Popular, Democrática y Revolucionaria.

Lo tercero es “hacer aullar de dolor a la economía de esos países incómodos”, según las palabras usadas por Henry Kissinger, secretario de Estado del presidente Richard Nixon, mientras le explicaba la estrategia en marcha para derrocar al gobierno constitucional del socialista Salvador Allende en Chile.

El cuarto paso es inevitable: arruinada las economías de esas naciones, se fomenta entre la población la percepción de que el culpable de la crisis es el gobierno corrupto en el poder, el cual debe ser barrido por la gente, para retornar al paraíso de la abundancia y el placer, que jamás, en su historia, disfrutaron las grandes mayorías en manos de esas mismas oligarquías. De paso, el imperio se lava las manos, como Pilatos, y evita el deterioro de su imagen internacional, y el costo en hombres y medios que toda invasión imperialista implica.

Destruidas las economías de esos países, azuzada la población contra su gobierno, paralizada la solidaridad internacional e impuesta su falsa narrativa, el imperio da el paso final, seleccionando de su amplia gama de opciones, o el golpe de estado militar tradicional, como en Chile, o el golpe parlamentario, como los puestos en práctica contra Lugo, de Paraguay, y Dilma, en Brasil. O el populismo fascista y santurrón de Bolsonaro, o la estafa demagógica con técnicas de mercadotecnia, de Macri.

Si todas las anteriores variantes fracasan, ha llegado la hora de aplicar el “método sirio”, como es evidente que se está haciendo hoy en Venezuela.

Este consiste en la combinación de todos los pasos anteriormente, pero a lo turbo: satanizar internacionalmente al gobierno, con un uso inmoral de los grandes medios de prensa de que dispone; aislarlo; destruir su economía y culpar de ello a la ineficacia o la corrupción de las propias víctimas; condenarlo en todos los organismos internacionales, como la OEA; desatar el infierno de sus falsas organizaciones de la sociedad civil, académica o cultural; provocar desunión, desmoralización, incertidumbre, egoísmo y miedo en el pueblo; asesinar selectivamente a los líderes políticos, militares, científicos y académicos intransigentes, más firmes, más populares o radicales; fomentar la delincuencia, el lumpen, el tráfico de drogas y el crimen organizado, pactando con ellos impunidad y mercados a cambio de activación política contrarrevolucionaria y que acepten ser la tropa de choque del “cambio de régimen”: provocar éxodos migratorios para justificar la “crisis humanitaria”; promover las actitudes golpistas y de traición entre las fuerzas militares, policíacas y de seguridad del país; fomentar la deserción de jueces, magistrados, fiscales y abogados para poner en tela de juicio la legalidad de los actos.

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